El pensamiento lateral del vidrio

El asombro es evocador. Nos hace presente una experiencia nueva que no habíamos programado, una dimensión desconocida. Y para definirla, la comparamos con nuestros recuerdos, nuestras vivencias, nuestros sentidos. El asombro es revolucionario. Da un vuelco a las previsiones, desmiente las convenciones, invierte las perspectivas.

Nuestro vidrio es asombro.

Su esencia es la emoción, su protagonismo es la ausencia, su masa trabaja por sustracción, su espacio está hecho de luz. Su naturaleza es para nosotros líquida; su condición sólida es la excepción. El vidrio es un volumen lleno de luz, un espacio que ha capturado una porción de energía del universo y no la deja escapar, sino que se la ve agitarse en reflejos, destellos, ondas, refracciones. Lo que se ve a través no es lo que hay al otro lado. Lo que se ve reflejado es realidad, pero también sueño. Lo que cubre es un estímulo para la imaginación.

Sin embargo, para liberar emoción, el vidrio necesita la intervención humana; necesita la sabiduría que moldea su materia íntima per conducirla de nuevo a su verdadera naturaleza. Necesita el fuego para recuperar su esencia líquida y recetas térmicas que fijen su consistencia. Necesita el “pensamiento lateral del vidrio”, que se imprima en su superficie y lo ponga en diálogo con el entorno y los demás materiales. Necesita una mano que lo cuide, que lo pula para que brille, que lo recubra de plata para que refleje, que lo esculpa para darle forma, que lo curve para multiplicar sus posibilidades.

Es aquí donde se origina el asombro, en este encuentro de pensamiento, manos y materia que se funden y se transforman mutuamente dando vida a algo nuevo, increíble y que ahora rompe los esquemas. El asombro del vidrio vive en los reflejos.

Es en la superficie reflectante de nuestros espejos donde coexisten la realidad del mundo físico y las sugestiones del onírico; es en la fusión de Echo, que multiplica la luz como una voz que resuena en el espacio hasta el infinito; es en las patas de Atlas, sorprendentemente esculpidas y nunca iguales a sí mismas; es en las curvas plateadas de Caadre, que elegantemente contornean lo real con lo poético; es en las sinuosidades de la butaca Ghost, que revolucionan la percepción común y hacen tangible la experiencia de sentarse sobre el vidrio.